Así se llamaba una entrada que se publicó en su día y que entiendo del suficiente interés como para que esté presente. La sociedad en la que vivimos comprende perfectamente cuando una persona sufre un deterioro físico invalidante pero ignora por completo de forma absurda, o aún más, por desprecio de lo que no es visible, el daño psíquico.
Parece increíble que cuando el porcentaje de personas que padecen algún tipo de trastorno serio es muy alto, la sociedad vuelva la espalda, siempre con incomprensión y casi siempre con una especie de terror supersticioso producto del analfabetismo. Y es más, cuando alguien está aquejado de un problema de tipo psicótico, como puede ser una esquizofrenia, más o menos y sin saber de qué se trata, existe un cierto grado de asimilación del problema, lo que no ocurre en el amplio campo de las antiguas neurosis. Cabe preguntarse dónde piensa el más común de los mortales que se encuentra la línea divisoria. Si nos sumergimos en el amplio mundo de los trastornos de personalidad lo que hasta hoy se encuentra a un lado de la frontera, como puede ser el TLP, se estudia y es cuestión de tiempo el que se ubique en el lado opuesto. Realmente ¿es más serio porque las autoridades responsables consideren que es o no es psicótico? Es la misma enfermedad hoy que lo será cuando la reubiquen y no obstante hay diferencias importantes.
Una persona con un profundo problema agorafóbico intentaba que los servicios de la ciudad ubicasen una plaza de aparcamiento para minusválidos cerca de su domicilio, habida cuenta de su escasa capacidad de abandonar éste salvo a bordo de un sucedáneo de su centro de seguridad, que era el coche. No vale la pena comentar la serie de preguntas similares a “bien, pero ¿padece algún tipo de cojera? ¿precisa silla de ruedas?, etc.”

- El grito
Podríamos comentar la cantidad de trastornos fuertemente invalidantes, que es cierto que proporcionan una minusvalía en un porcentaje alto y así se reconoce clínicamente, pero sería una labor ingente y sin sentido. Las muchas enfermedades que se pueden encontrar en el DSM-IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), al alcance de cualquiera, tendría una gran utilidad de sensibilización si alguien no experto se tomase la menor molestia en ojearlo.
Cuando, con buen criterio, se establecen medidas en distintos centros para ayudar a las minusvalías, sin excepción se refieren a las físicas: problemas de movilidad, visión, etc. procedentes de trastornos en el aparato locomotor o similares, nunca se tienen en cuenta las muy poderosas limitaciones de las psíquicas. ¿Se facilita el acceso o la ausencia de espera para personas con trastornos de ansiedad generalizada, de crisis de pánico, de fobias como la agorafobia, etc.? No. Socialmente no existen.
En la legislación para la dependencia ¿se encuentran en igualdad de condiciones un tetrapléjico y un trastorno límite de personalidad? No. En absoluto.
Un miembro escayolado es algo visible, nos compadecemos, que quizás sea el término más odioso de nuestro diccionario, y si pide ayuda en alguna situación, se le concede. De no existir la escayola si se precisa la misma ayuda, aún argumentando el problema con que la persona se puede encontrar, los individuos cercanos se apartan como si de un loco peligroso se tratase, o quizás peor.
Es triste ser minusválido, mucho, pero estamos seguros de que una buena cantidad de quienes padecen trastornos de carácter psicológico se transformarían, de ser posible, a un equivalente físico. Dentro de lo lamentable, al menos serían comprendidos, tendrían mucha mayor facilidad para la consecución de diversas ayudas, tendrían la misma vida limitada, pero ya lejos del ostracismo y la dejación e incomprensión social. Y eso sin contar con los “buenos samaritanos” que buscan animar a un trastorno depresivo grave, por indicar un ejemplo típico, con dos palmaditas en la espalda y alguna frase del tipo “eso con dos cubatas…, hay que tomarse la vida de otra forma,….”. Sus ayudas –sarcásticamente hablando- sólo profundizan en la enorme separación de quienes padecen una enfermedad grave y el resto de una sociedad supuestamente saludable.
Si existe alguien que no vale nada es precisamente un enfermo psíquico, la falta de comprensión, la carencia de humanidad, el egoísmo, etc. agravan la situación, ya angustiosa, de la minusvalía.
Un saludo
JLF y Giovanna Palamidessi.